A las empresas tradicionales les ha salido un duro contrincante dispuesto a cambiar el modo en el que se realizan las transacciones y los intercambios entre los individuos.

Facilitar el acceso a un producto sin poseerlo, mercados de intercambio o de segunda mano, el coworking… la economía colaborativa ha llegado para siempre.

La economía colaborativa, que así se denomina este planteamiento (y que algunos han calificado como “revolución”), se basa en la idea de compartir, más que en poseer; en acceder, más que en comprar.

Si bien no es un modelo económico nuevo (ya que compartir está en el ADN de las personas), sí que parte de un enfoque distinto y estrechamente ligado a Internet y a términos como startup. La economía colaborativa es, por tanto, resultado de la creciente digitalización de la sociedad, pero también aparece como una respuesta a un sistema que disgusta y que muchos tachan de injusto. En este nuevo paradigma, los emprendedores tienen mucho que aportar.

En la actual sociedad del consumo -o hiperconsumo- la dinámica es básicamente siempre la misma: comprar-usar-tirar-volver a comprar. Esta sucesión de hechos no contempla, por ejemplo, otros conceptos esenciales como reutilizar o compartir, un espíritu que pretende recoger la economía colaborativa. La economía colaborativa es, en una definición que ofrece Observatorio Ecommerce, “una forma de consumir que implica cooperar con otras personas y entidades para el disfrute individual o conjunto de bienes y servicios”.

¿Qué aplicaciones tiene en la práctica este nuevo modelo?

Incluiría situaciones cotidianas como compartir un vehículo con otra persona que viajase al mismo destino o, por ejemplo, proporcionar un servicio a cambio de otro. Es más, según un estudio de Nielsen, el 53 % de los españoles estaría dispuesto a compartir o alquilar bienes en un entorno de consumo colaborativo, un dato que refleja que son muchos los que tienen ganas de cambiar las reglas del juego.

Desde la web de Consumo Colaborativo hablan de las tres dimensiones de este concepto. Por un lado, estarían los sistemas que facilitan el acceso a un producto sin necesidad de poseerlo, como el alquiler de bicicletas en las ciudades. Por otro, los mercados de intercambio o de segunda mano (eBay es un buen ejemplo). En tercer lugar, habría que hablar de un estilo de vida colaborativo, que fomentase la conexión de personas con intereses comunes. Hay múltiples ejemplos de este último punto: los coworkings (compartir oficina con otras personas) o Airbnb (para alquilar habitaciones a viajeros).

Hace algunos años, incluso, la prestigiosa revista Time incluyó la economía colaborativa en su lista de “10 ideas que cambiarán el mundo”.

 

 

Marketing de contenidos

La economía colaborativa, eso sí, necesita del componente tecnológico para expandirse, pues un mundo global requiere soluciones globales como Internet. Por supuesto, necesita de espíritu entrepreneur para desarrollar proyectos que, poco a poco, construyan un mundo más justo y, en definitiva, colaborativo.